Placer 6 / julio - agosto - setiembre 2004

 

 
 
Cómodos, útiles, espléndidos


Por Lilian Goligorsky*

Recuperarlos, conocerlos y ponerlos en práctica son parte de la convivencia en sociedad; también una forma de disfrutar desde una comida familiar hasta el más formal de los banquetes y no tirar por la ventana el producto de siglos de cultura y civilización.

¿Dónde fueres haz lo que vieres? No es tan así a la hora de comer. Resulta impensable para un occidental agradecer con ruidoso eructo el convite de un anfitrión de algunos países de Oriente donde hacerlo es muestra de cortesía.

Las normas de urbanidad proliferaron a partir del siglo XVIII; las burguesías acomodadas que florecieron por entonces quisieron imitar les belles manières que el imaginario colectivo atribuía a las personas de sangre azul, aunque éstas no siempre fueran un auténtico modelo. Muchos nobles y monarcas hicieron gala de modales deplorables, como el mismísimo Luis XIV, un glotón insaciable que a la hora de engullir perdía de vista su mayestática dignidad.

Los desvelos de los burgueses por mostrarse refinados generaron toda una literatura satírica. Desde Molière, un precursor, quien se rió de los devaneos intelectuales de ciertas damas en Las preciosas ridículas , hasta Moratín o Larra que fustigaron sin piedad el protocolo postizo y la cursi etiqueta de los nuevos ricos.

 


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